anoche pensé en escribirte.
No mandarte un mensaje. Escribirte.
Hace tiempo te escribía casi a diario. Escribía la forma en que te sujetabas el pelo detrás de la oreja una y otra vez porque siempre lo tenías demasiado corto. Escribía cómo se cruzaba tu mirada con la mía y me observabas como si te fuera a dar la mejor noticia del mundo. Escribía la distancia que separaba nuestras manos cuando estábamos con más gente en el mismo espacio. Te escribía y me escribía contigo.
Luego dejé de escribirte. O lo hacía distinto. Escribí que te marchaste. Escribí que no miraste atrás y que yo no pude mirar adelante. Escribí que desapareciste, entonces dejé de escribirte, porque dejaste de existir.
Aun así, anoche quería escribirte, aunque ya no sepa cómo.