hace poco estuve en el tanatorio de una persona a la que quería mucho pero vivía lejos.
Todo el mundo la conocía, no se podía salir a pasear con ella sin que se parara unas cinco veces en cada calle para saludar a alguien que quería hablar con ella. Y todo el mundo parecía quererla.
El tanatorio estaba a reventar, no paraba de entrar y salir gente y yo no conocía a nadie, así que me dediqué a observar. Todos parecían conocerse entre sí, lloraban juntos, se abrazaban, hablaban, reían. Lo que viene a ser una sala de tanatorio, pero con muchísima gente.
Mientras observaba el panorama y alguien mantenía conmigo una conversación banal, vi entrar a una mujer mayor. Se movía rápido pero con el respeto que merecía la situación. Iba sola. No saludó a nadie, no parecía que nadie la conociera, y la seguí con la mirada porque me pareció algo curioso. Nadie parecía haberla visto.
Entró hasta el fondo de la sala, donde se puede ver a la difunta. Se acercó al cristal, observó, murmuró algo y lloró en silencio durante unos minutos sin dejar de mirar a través del cristal. Después, se secó las lágrimas con un pañuelo de tela, como los de las abuelas, se giró para mirar a las personas que había cerca, aunque no estoy segura de que las conociera. Supongo que por respeto, murmuró: "Lo siento", sin hablar a nadie en concreto y se dirigió a la salida. Esta vez andaba más despacio que cuando entró, parecía más mayor, pero tampoco habló con nadie.
Era una desconocida en un tanatorio.
Y me pareció una de las personas más importantes que pisó esa sala, porque no iba a dar el pésame, no estaba allí para acompañar a nadie, solamente fue a despedirse. Sin grandes ceremonias, sin llamar la atención, sin hacerse notar.
Simplemente decir adiós.
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