el último finde de agosto, dos amigas me invitaron a su pueblo. A mí y a otra amiga más.
Yo estaba probablemente en mi peor momento desde hacía
tiempo y dudé si ir, no porque me fuera a venir mal, sino porque yo sí que les
podía venir mal al resto. Pero fui.
Durante los cuatro días que estuve allí, mis amigas pusieron
en bucle un disco nuevo que yo no había escuchado. Sólo conocía una canción y
no me encantaba. Lo ponían para cocinar, una y otra vez. Yo no dije nada,
porque ni era mi casa ni estaba cocinando, pero acabé harta del disco, aunque
no me aprendí ninguna canción.
Fue un viaje curativo (no por escuchar el maldito disco en
bucle, sino por otras cosas).
Al volver, puse el disco. Yo sola, lo escuché de manera voluntaria,
aunque en ese momento lo aborrecía. Supongo que las echaba de menos.
El disco me encanta. Lo tuve en bucle durante dos semanas.
No puedo describir lo mucho que me gusta. Y además de gustarme, me lleva al
pueblo de mis amigas.
Hoy lo he puesto en el coche. Es noviembre, hace frío,
llueve y hay un tráfico horroroso. Era un día totalmente desprovisto de ninguna
esperanza. Pero he puesto el disco y todo parecía distinto, olía a lo que huele
cuando anochece en verano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario