29 nov 2025

sin mandar

he escrito un mensaje que sabía que no iba a mandar.

Solo por verlo escrito, a ver si servía como una especie de catarsis. Necesitaba dejar de pensar en algunas cosas y escribirlas a veces me ayuda.

Aun sabiendo que no lo iba a mandar, mi lenguaje ha sido correcto, sin faltar al respeto ni cagarme en los muertos de nadie. No sé por qué lo he redactado así, porque luego he pensado que lo de mantener las formas no es demasiado catártico.

El mensaje que no he enviado ha sido escrito en un chat archivado, de una persona cuyo nombre tiene un emoticono al lado que debería haber quitado hace tiempo. Después del nombre solo debería haber un apellido.

Una vez el mensaje estaba escrito, lo he leído y he corregido un par de cosas que no me gustaba cómo estaban redactadas. No quería parecer débil o desesperada. Tampoco rencorosa. No estoy enfadada, quería dejarlo claro. No pretendía mostrar intenciones de retomar el contacto, aunque echo de menos a esa persona. 

He vuelto a leer el mensaje. Ahora mejor. Pero quizá demasiado neutro, he utilizado demasiados eufemismos y no quedaba claro que considero que esa persona se ha comportado como una auténtica hija de puta. No puedo escribir “hijo de puta” en un mensaje. Bueno, pues se queda así.

Lo he leído una última vez, convencida de que transmitía lo que yo quería. He respirado hondo, esperando sentir algo, una liberación o algo. Nada. He borrado el mensaje. Claro que no es catártico, esta persona no se merece este mensaje, es demasiado correcto. Pero yo me merezco dejar de penarlo.

Supongo que la vida no funciona así y que las catarsis no llegan por escribir un mensaje que no vas a enviar.

De todas formas, aunque lo mandara iba a seguir dándole vueltas, así que mejor borrarlo y seguir siendo la única que piensa en esto.

19 nov 2025

guitarrica

el último finde de agosto, dos amigas me invitaron a su pueblo. A mí y a otra amiga más.

Yo estaba probablemente en mi peor momento desde hacía tiempo y dudé si ir, no porque me fuera a venir mal, sino porque yo sí que les podía venir mal al resto. Pero fui.

Durante los cuatro días que estuve allí, mis amigas pusieron en bucle un disco nuevo que yo no había escuchado. Sólo conocía una canción y no me encantaba. Lo ponían para cocinar, una y otra vez. Yo no dije nada, porque ni era mi casa ni estaba cocinando, pero acabé harta del disco, aunque no me aprendí ninguna canción.

Fue un viaje curativo (no por escuchar el maldito disco en bucle, sino por otras cosas).

Al volver, puse el disco. Yo sola, lo escuché de manera voluntaria, aunque en ese momento lo aborrecía. Supongo que las echaba de menos.

El disco me encanta. Lo tuve en bucle durante dos semanas. No puedo describir lo mucho que me gusta. Y además de gustarme, me lleva al pueblo de mis amigas.

Hoy lo he puesto en el coche. Es noviembre, hace frío, llueve y hay un tráfico horroroso. Era un día totalmente desprovisto de ninguna esperanza. Pero he puesto el disco y todo parecía distinto, olía a lo que huele cuando anochece en verano.

3 nov 2025

el tanatorio

hace poco estuve en el tanatorio de una persona a la que quería mucho pero vivía lejos.

Todo el mundo la conocía, no se podía salir a pasear con ella sin que se parara unas cinco veces en cada calle para saludar a alguien que quería hablar con ella. Y todo el mundo parecía quererla.

El tanatorio estaba a reventar, no paraba de entrar y salir gente y yo no conocía a nadie, así que me dediqué a observar. Todos parecían conocerse entre sí, lloraban juntos, se abrazaban, hablaban, reían. Lo que viene a ser una sala de tanatorio, pero con muchísima gente.

Mientras observaba el panorama y alguien mantenía conmigo una conversación banal, vi entrar a una mujer mayor. Se movía rápido pero con el respeto que merecía la situación. Iba sola. No saludó a nadie, no parecía que nadie la conociera, y la seguí con la mirada porque me pareció algo curioso. Nadie parecía haberla visto.

Entró hasta el fondo de la sala, donde se puede ver a la difunta. Se acercó al cristal, observó, murmuró algo y lloró en silencio durante unos minutos sin dejar de mirar a través del cristal. Después, se secó las lágrimas con un pañuelo de tela, como los de las abuelas, se giró para mirar a las personas que había cerca, aunque no estoy segura de que las conociera. Supongo que por respeto, murmuró: "Lo siento", sin hablar a nadie en concreto y se dirigió a la salida. Esta vez andaba más despacio que cuando entró, parecía más mayor, pero tampoco habló con nadie.

Era una desconocida en un tanatorio.

Y me pareció una de las personas más importantes que pisó esa sala, porque no iba a dar el pésame, no estaba allí para acompañar a nadie, solamente fue a despedirse. Sin grandes ceremonias, sin llamar la atención, sin hacerse notar.

Simplemente decir adiós.