siempre que llego a un sitio pienso en el tiempo que tengo
para estar ahí.
Tanto si me gusta ese sitio como si no, calculo el tiempo
que voy a estar.
Puede ser un viaje de una semana que desde que llego sé que
se me va a hacer corto o puede ser una clase de dos horas que sé que se me va a
hacer eterna.
Incluso en sitios donde no debería pensar en eso, lo pienso.
Pienso en los años que me quedan jugando al fútbol en mi equipo. Pienso en el
tiempo que me puedo quedar en casa de mis abuelos después de comer. Pienso
demasiado.
Lo que es peor, lo pienso también con las personas. Cuánto
tiempo va a estar una persona en mi vida. Es imposible saberlo, pero yo lo
pienso.
Creo que puedo hacer un cálculo aproximado de hasta cuando
voy a tener a alguien a mi lado. Digamos que no lo calculo en tiempo, sino en
acontecimientos. Esto me parece muy frío, pero es que no puedo evitar pensarlo.
Sé, por ejemplo, que cuando estoy triste o enfadada, hay personas que prefieren
no verme. Soy consciente de que depende de cómo actúe y las cosas que diga, va
a haber gente que deje de tener la misma relación conmigo.
Una vez me dijeron que es miedo al abandono, pero no lo es.
No me da miedo que esas personas se vayan. Me daría pena, estaría triste, pero
sé que puede pasar y que no es tan difícil que ocurra. No me asusta.
Porque igual que sé que hay sitios de los que me voy a tener
que ir, hay otros en los que sé que me puedo quedar. Y sé que hay personas que
van a estar ahí. Son pocas y podría nombrarlas sin problema. Sé que se van a
quedar. Y eso es suficiente.
Me refiero a que no hace falta que estén ahí siempre,
constantemente, porque sé que cuando hace falta están ahí. Han conseguido que
yo sea consciente de ello y confíe en que será así.
Es una seguridad que no sé cómo explicar. Como cuando te dan
un abrazo que necesitabas y no te sueltan hasta que tú sueltas.
Saber que esa persona es un lugar para quedarse
No hay comentarios:
Publicar un comentario