he estado en un pueblo que era muy pequeño.
El cementerio estaba justo antes de entrar al pueblo, al
lado de un campo enorme de girasoles.
Era un cementerio muy pequeño, porque era un pueblo muy
pequeño. Y era un campo de girasoles enorme, porque alrededor del pueblo no
había nada, así que solo podía haber girasoles.
Es un contraste increíble. Un girasol es como todo lo
contrario a la muerte. Lo asociamos a la vida, la alegría, el sol... Y el
cementerio justo al revés.
Entonces me he asomado al cementerio, que estaba cerrado, y
he visto que había ramos de flores en todas las tumbas, menos en una. En esa
solo había un girasol.
Y he pensado que la persona que estaba ahí enterrada debía
de haber desprendido mucha luz cuando estaba viva para que, aun después de
morir, se la siga asociando con un girasol. Es más, para que alguien que la
quiso tanto en la vida como en la muerte, haya decidido meter un girasol en un
cementerio.
También puede ser que a esa persona le gustasen muchísimo
los girasoles, pero no creo, porque entonces no querría que le dejasen ahí un
girasol muerto.
No sé, el caso es que me ha parecido muy curioso y bonito el
cementerio del pueblo que era muy pequeño.
A mí no me entusiasman los girasoles, pero ojalá cuando me
muera en lugar de flores alguien me deje girasoles.
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