el último año nuevo no recuerdo si seguí todas las tradiciones que hacemos en mi casa para entrar con buen pie en el año.
No sé si llevaba monedas en el bolsillo para que me fuera bien económicamente. Creo que no tenía las llaves en la mano para poder conseguir un piso, porque no sabía dónde quería el piso. No sé si tenía un puñado de lentejas en la mano para tirarlas al aire cuando terminan las campanadas como hacen en Venezuela. Creo que llevaba unas bragas rojas, no sé muy bien por qué. Sé que no estaba debajo de la mesa para atraer el amor.
El último año nuevo lo empecé sentada en el suelo (porque así solo se puede ir parriba), al lado de mi primo de 3 años y sus uvas pequeñitas, porque él también es pequeño. Empecé a comer uvas antes de que sonaran las campanadas, porque es lo que hacía mi abuelo, y alguien me regañó, pero mi primo se rio y empezó a comérselas también. "Así luego nos da tiempo".
Alguien dijo que daba mala suerte y yo pensé que yo ya llevaba las bragas rojas (sí que las llevaba), así que daba igual. Además, yo no tengo nunca de esa mala suerte, yo tengo suerte a secas y recuerdo pensarlo (y sentirlo) así.
El último año nuevo no seguí todas las tradiciones para que fuera bien el año, porque sentía que ya tenía todo lo necesario, o porque me daba igual. Porque algunas cosas parecía imposible que cambiaran.
El último año nuevo debí enfadar a la suerte.
El próximo año nuevo sé que me sentaré en el suelo y mi primo me imitará, con sus uvas un poco más grandes, aunque todavía pequeñas, de niño de 4 años. Y sé que empezaremos a comer uvas antes de tiempo y alguien me regañará (solo a mí, no a él), pero me dará igual, porque es lo que hacía mi abuelo. Y porque la mala suerte no existe. De lo demás no sé nada.
Pero no pienso meterme debajo de la mesa, desde ahí no pueden volar las lentejas.
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